La reconciliación de Mateo y Simón


Mateo despreciaba a Simón. Simón odiaba a Mateo. Cada uno de ellos pertenecía a grupos totalmente opuestos. Al grupo de Mateo se les acusaba de ser “imperialistas”, traidores “vende patria”, avaros y ladrones. El grupo de Simón era conocido por ser los intransigentes, los revolucionarios, usaban las armas y por la fuerza esperaban lograr la liberación de sus tierras. No son personajes actuales. Vivieron en el siglo I, pero representan muy bien a los conflictos en que viven los seres humanos. Mateo pertenecía al grupo de los publicanos: era un judío adinerado que recaudaba impuestos de sus paisanos para darlo al imperio romano quien los dominaba. Y Simón era celote, cananista, un judío revolucionario que odiaba a Roma y a sus colaboradores. Cualquiera diría que la situación entre ellos era irreconciliable. Sin embargo terminaron siendo amigos, luchando por una nueva causa, desde que fueron llamados por Jesús para ser sus discípulos.

Cuando empezaron a seguir a Jesús, cada uno tenía sus propias expectativas. Pero aprendieron que el gobierno que Cristo anunciaba, tiene principios que no son propios de nuestra sociedad. Mateo, tuvo que reconocer que no puede buscar su desarrollo a costa del subdesarrollo de otros. Aprendió que la felicidad no consiste en tener más y comprar más, sino en todo lo contrario, que la felicidad está en ayudar y compartir. Simón por su parte tuvo que entender que el que mata a espada a espada muere, que la violencia sólo genera más violencia y que el uso de la fuerza sólo logra un sometimiento externo, pero temporal e incapaz de cambiar la naturaleza humana. Así que uno dejó la avaricia y el otro dejó la espada. Cambiaron el desprecio y el odio para desarrollar una sincera amistad, unidos en la causa de aquel que nunca pagó mal por mal, sino que enseñó a vivir justamente, dando ejemplo de compasión y perdón; y llamando a todos a la reconciliación con Dios y los hombres.

La historia de Mateo y Simón evidencia que posiciones tan extremadamente opuestas, pueden reconciliarse. Nos recuerda también una actitud importante para la solución de diferencias: La necesidad de renunciar a posturas e intereses personales, por la búsqueda de un bien mayor. Ya sea en pleitos familiares ó en conflictos sociales, la solución requiere de humildad para rectificar en aquello que no se obró con justicia, y la honestidad para no demandar más de lo que corresponde.

La historia humana está llena de conflictos. Se repiten siglo tras siglo, día tras día, en países, comunidades y familias. Aún a pesar de los avances en las ciencias sociales y las comunicaciones, pareciera que los seres humanos estamos condenados por siempre a vivir peleando. Mateo, Simón, y los demás discípulos de Jesús, enseñaron que la verdadera solución está en un cambio en el ser del hombre, en recibir una nueva naturaleza. Y esto se logra sólo con Dios en el corazón. Necesitamos reconciliarnos con Dios.




[Publicado el 23 de junio del 2009]

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