- Los cristianos compartían sus pertenencias por propia voluntad. Lo hacían por amor. No por miedo. No por la amenaza de un arma. Jesús les enseñó a compartir con todos y el amor los inspiraba a buscar el bien no sólo para ellos mismos, sino también de los demás, de sus hermanos en la fe. Por ello vendían sus propiedades y entregaban el dinero a los encargados designados en la iglesia para que lo administrasen, de tal manera que “no había entre ellos ningún necesitado”.*
- Ellos mantenían su libertad de comprar, vender, poseer sus bienes*. No estaban regulados por autoridad o poder alguno, ni siquiera el religioso; pero, entendían perfectamente que no podían llamarse “dueños”, porque todo lo que eran y todo lo que podían tener, era de Dios, quien no sólo les daba las capacidades de trabajar y prosperar, sino porque de Él* “es la tierra y su plenitud…”
- Lo practicaron en su propia comunidad de creyentes adheridos voluntariamente: “Los que habían creído estaban juntos… partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo el favor con todo el pueblo”. Porque comprobaron que esto era el resultado de haber hecho una decisión respecto a Jesús el Mesías y sus enseñanzas. Esta práctica sólo era posible entre quienes tenían buena comunión con Dios (y por ende buena comunión con los hombres). Tal como lo indica el libro de “Los Hechos de los Apóstoles”, era el Espíritu de Dios morando en su ser quien les dio esta capacidad.
- Fue un caso singular. Llama la atención que sólo en esta iglesia sucediera algo así. Tal acción no fue un modelo a seguir por iglesias tan importantes en la historia cristiana como Antioquía o Filipos. No fue una enseñanza que se instó a replicar en cada lugar, sino que fue la respuesta a una situación inmediata, necesaria de asistir a los pobres y viudas de Jerusalén. En las cartas de los apóstoles leemos enseñanzas generales incentivando el trabajo*; el pago justo y puntual a los trabajadores, y la ayuda a los hermanos que en verdad lo necesitan. A los ricos se les ordenaba a que “no pongan la esperanza en las riquezas, sino en el Dios vivo… que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos…”
Este “comunismo cristiano” no se parece en nada a los que todavía hoy propugnan grupos ideológicos, políticos o alzados en armas como los que en nuestro país todavía subsisten. El Evangelio de Jesucristo apela al interior, al arrepentimiento, al cambio personal de mentalidad y acción, en el que se deseche la avaricia, el egoísmo, el robo, la estafa, la injusticia, la falta de misericordia y la discriminación.
Por desgracia el evangelio de Jesucristo no ha sido predicado con honestidad, y en la historia, la religión se ha sometido y vendido al interés de poderosos. Hoy, es vergonzoso todavía ver religiosos, pastores, iglesias, incentivando la acumulación de riqueza, con erradas enseñanzas de una “teología de la prosperidad”, que si alguien es pobre lo es porque es pecador, y él es quien debe arreglar su situación, como si no hubiese la responsabilidad en ayudarle. O esas prédicas que llaman a hacer “tratos” con Dios, negocios con él, “sembrando”; ofrendando incluso de lo que no se tiene, haciendo “pactos”, para tener mucho más, y salir de la pobreza. En muchas iglesias de nuestro país, se oye hablar con más frecuencia conversaciones acerca de quien tiene el mejor automóvil, la mejor casa, o de los restaurantes exclusivos que se han visitado, antes de cómo compartir con los que padecen necesidad. No son populares las enseñanzas acerca del consumo moderado, y así tener más para ayudar al que menos tiene; no sólo con asistencialismo (que tienen su lugar como lo tuvo en la iglesia de Jerusalén), sino creando proyectos de trabajo, dando préstamos a los hermanos, ayudando a personas con discapacidad, con problemas con el alcohol, las drogas, etc.
En nuestro Perú, si los que nos llamamos cristianos fuéramos realmente conscientes que Dios es el dueño de todo lo que tenemos, y practicáramos la justicia y la misericordia, esforzándonos por el bien de los demás (seamos católicos, evangélicos, adventistas, etc.) creo que no habrían motivos ni pretextos para que grupos armados continúen con su pretensión de imponer un comunismo por el terror, pues habrían mejores leyes, una riqueza mejor distribuida, con mejores servicios de educación, salud, y la pobreza extrema desaparecería. Por esto, la iglesia cristiana en general tiene aquí todavía una cuota que aportar, una deuda que pagar en la pacificación de nuestro país.
* Hechos 2:44-47; 4:32-35; 5:4. Salmo24:1; 2da.Tes.3:10-12; 1ra.Tim.6:17-19
[Publicado el 21 de febrero del 2012]

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