La necesidad de domar la lengua

“El hombre es capaz de dominar toda clase de fieras, aves, serpientes y animales del mar, y los ha dominado; pero ¿quién puede domar la lengua? Es un mal que no se deja dominar, lleno de veneno mortal.”
“Cuando ponemos freno en la boca de los caballos, nos obedecen y podemos controlar todo el animal. Fíjense también en los barcos. A pesar de ser tan grandes y de ser impulsados por fuertes vientos, los pilotos los gobiernan con un pequeño timón. Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero se jacta de hacer grandes cosas ¡Qué bosque tan grande puede quemarse por causa de un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad puesto en nuestro cuerpo, que contamina a toda la persona. Está encendido por el propio infierno, y a su vez hace arder todo el curso de la vida.”
“Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas por Dios a su propia imagen. De una misma boca salen bendición y maldición… Esto no debe ser así. ¿Puede acaso brotar de una misma fuente agua dulce y agua salada? ¿Acaso puede dar aceitunas una higuera o higos una vid? Pues tampoco una fuente puede dar agua salada y dulce.”
Jesús dijo* que “de la abundancia del corazón habla la boca”. Por lo que para aprender a domar la lengua se requiere primero cambiar la fuente, el corazón, el interior. Y esto requiere la acción del Espíritu de Dios. Para que, en lugar de desprecio; exista tolerancia, paciencia, aceptación. En lugar de odio; perdón y amor. En lugar de orgullo y venganza; humildad. Porque si en nuestro interior tenemos paz nuestros oyentes lo sabrán. Si amamos la verdad rechazaremos la mentira y la calumnia. Si la Palabra de Dios mora en nosotros usaremos nuestra lengua para edificar relaciones y no destruirlas, enseñando, corrigiendo y animando*.

Domar la lengua es una necesidad. ¡Cuánto daño hace una lengua sin control! que habla “sin pensar”, que suelta cualquier palabra sin considerar las consecuencias. Cuántas relaciones se han roto, cuántos matrimonios se han destruido y a cuántos hijos se han herido; cuántos problemas se han originado por mentiras, chismes, insultos y desprecios cometidos por una lengua “sin control”.

Por eso, tal como leímos en los primeros párrafos, el apóstol Santiago nos exhorta no sólo a “mordernos la lengua”, sino que nos desafía a domarla. Siendo una orden, un deber con implicaciones muy prácticas:
“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca… Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, insultos y toda malicia. Inmoralidades sexuales, o avaricia ni debe oírse entre ustedes; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni groserías, que no convienen…
Pues como también dice el apóstol Pablo, nuestras palabras deben “ser buenas y oportunas, que ayuden a crecer, a fin de dar gracia a los oyentes”.


*Santiago 3:1-12; Mateo 12:33.34; Colosenses 3:16; Efesios 4:29,31; 5:3,4
Pasajes tomados de las versiones RVR60, DHH, NVI




[Publicado el 7 de julio del 2012]


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