“Los cristianos son unos hipócritas”

“Yo no soy cristiano porque todos los cristianos son unos hipócritas…”, es una opinión que se oye a menudo. No faltan razones. No es nada nuevo. Triste pero cierto, que no pocos que profesan seguir las enseñanzas de Cristo terminan haciendo exactamente lo contrario.

Un sacerdote que predica contra el adulterio se acuesta con una mujer casada. A un pastor que promueve la honradez se le descubre implicado en estafas. Líderes religiosos que debiendo ser ejemplo de integridad terminan siendo un mal ejemplo de inconsecuencia. Por ahí una iglesia que sólo sabe pedir dinero, otra que inventa pecados; unas que acusan a otras, que se contradicen mutuamente. Hermanos que pelean, se divorcian, que muestran una cara en la parroquia ó en el templo, pero la máscara se la quitan luego en casa. Situaciones reales, tristes, indeseables, que desanima y ahuyenta a quienes quieren acercarse a Dios; y a quienes dudan de él, reciben motivos para seguir siendo incrédulos. La historia de muerte de siglos pasados y las malas noticias de hoy por los masivos medios de comunicación, dejan la sensación en la colectividad que todos los líderes religiosos son iguales, que todas las iglesias son las mismas, y que por lo tanto el cristianismo es falso y no merece ser escuchado. Y en esta parte, lo que se dice ya no es cierto.

No todos los creyentes son hipócritas. No todas las iglesias son iguales. Hay muchos, millones de creyentes sinceros que se esmeran por conocer la voluntad de Dios, estudian la Biblia y se esfuerzan por obedecerla. Hay muchísimos testimonios de personas cuyas vidas han sido transformadas y son ahora valiosos aportes en la sociedad llevando una vida juiciosa, responsable, siendo buenos padres, buenos vecinos y buenos trabajadores. Por supuesto no son perfectos, son humanos. A veces caen, pero piden perdón. A veces se equivocan, pero se rectifican. Y  junto a ellos, están también los que solo aparentan. Por eso debe separarse la paja del trigo.

La inconsecuencia en los creyentes ha sido un problema de siempre. En el primer siglo de nuestra era, el apóstol Pablo reprendía así a sus lectores*: “si enseñas a otros, ¿por qué no te enseñas a ti mismo? Si predicas que no se debe robar, ¿por qué robas? Si dices que no se debe cometer adulterio, ¿por qué lo cometes? … Te glorías de la ley, pero deshonras a Dios porque la desobedeces. ‘Los no creyentes ofenden a Dios por culpa de ustedes’.”

El hecho que existan creyentes que no apliquen en su vida las enseñanzas de su Maestro, no desacredita las enseñanzas del Maestro. Las enseñanzas de Jesús son verdaderas, vigentes y necesarias. Sus promesas son fieles, reales y se cumplen en aquellos que con sinceridad aceptan seguirle y confían en él. No en el pastor ni en el sacerdote. No siguen a los miembros de una iglesia. Los verdaderos creyentes creen y siguen a Jesús, pues entendieron que él y sólo él, es el camino, la verdad y la vida.

A los cristianos hipócritas los juzgará Dios. En realidad Dios juzgará a todos los hombres. Pero en aquel día ninguno podrá pretextarse diciendo: “no obedecí a Cristo porque en la iglesia había muchos hipócritas”, pues la obediencia y la fe son asuntos estrictamente personales.

“He decidido seguir a Cristo, no vuelvo atrás... si otros vuelven, yo sigo a Cristo... No vuelvo atrás, no vuelvo atras.” Dice la letra de un popular cántico cristiano. Que sea nuestro sincero cántico también.

* Carta a los Romanos, Cap.2:21-24 Versión Popular



Publicado el 13 de noviembre del 2010

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