2015-03-31

La verdadera razón de la angustia de Jesús

El evangelio de Mateo describe que horas antes de su muerte, Jesús “comenzó a entristecerse y angustiarse de gran manera”, por lo que le pidió a sus discípulos más cercanos que oren con él. Con toda claridad Jesús les dijo lo que sentía*: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo”. El evangelio de Lucas añade que en respuesta a la oración de Jesús, apareció un ángel para fortalecerlo pues en agonía oraba intensamente y su sudor era “como grandes gotas de sangre”. Jesús oraba diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”.


¿Acaso Jesús quería evitar la amarga copa del dolor? Muchos creen que sí, que lo que a Jesús le entristecía y angustiaba “en gran manera” era saber del dolor físico que iba a experimentar, pero aunque esto sería totalmente comprensible, en el caso de Jesús no fue así. Él había venido al mundo precisamente para “dar su vida en rescate por muchos”, con valentía fue a Jerusalén declarando con anticipación que allí sería muerto, y enseñó a sus discípulos que también debían dar su vida por él. No, él no le tenía miedo al dolor ni quería evadir su misión. Su angustia era tal por otra razón.

Cuando Jesús oró “si es posible, pase de mí esta copa”, lo que realmente estaba diciendo era: ¿Hay otra manera de rescatar a la humanidad? Pero Jesús no se refería al dolor y la muerte en sí, sino a una experiencia muy diferente, de naturaleza espiritual, un sufrimiento que debía soportar mientras estaría colgado en la cruz. Hay que tomar en cuenta que lo registrado en los evangelios es un testimonio presencial solo de lo que se pudo ver, lo material y físico, no de lo invisible y espiritual, siendo esto último lo más terrible que ocurrió en la cruz. Gracias a la profecía de Isaías es que podemos “ver” un poco de lo sucedido en la dimensión espiritual*: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores… mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas,  mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”.

Intentemos visualizarlo: Todos los pecados, de todos los seres humanos, de todos los tiempos puestos sobre uno solo. Pensemos en los más terribles y perversos pecados cometidos, sumado al sufrimiento y dolor de billones, y tratemos de entender cómo pudo ser ese proceso de “cargar el pecado de todos y sufrir nuestros dolores” en lo más profundo de su ser, soportando la ira y justicia divina de tal manera que todo “el castigo de nuestra paz” fue sobre él. Como explica la Biblia: “Cristo nos rescató de la maldición de la ley haciéndose maldición por causa nuestra”. “Cristo no cometió pecado alguno, pero por causa nuestra Dios lo hizo pecado, para hacernos justicia de Dios en él”. Jesús fue el justo entregado por los injustos, hecho maldición y pecado, condición que revela la verdadera razón de la angustia de Jesús. Fue la única manera de salvarnos.

En el Gólgota la gente no pudo ver lo que realmente sucedía. Oyeron a Jesús decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y pensaron que era un reclamo, cuando en realidad estaba sintiendo en su ser la soledad y la ausencia de Dios a causa del pecado. La gente sintió miedo cuando la tierra se oscureció por tres horas, pero ignoraba que era la manifestación del cúmulo de maldad que estaba siendo cargado sobre Jesús. Vieron a Jesús morir, se asustaron con el terremoto que siguió a su último suspiro, pero no sabían del proceso que había terminado cuando Jesús dijo: “Todo está consumado. En tus manos entrego mi espíritu”. La realidad de lo invisible había superado a lo visible y nadie se dio cuenta.

Hoy, muchos siguen sin entender lo que realmente ocurrió en la cruz. Solo ven lo que una película o una representación escénica muestran, pero permanecen sin ver esa realidad espiritual y el sufrimiento real de Jesús que la Biblia revela. Gracias al sacrificio de Cristo el perdón es posible para todos los que quieren arrepentirse. Lo que Jesús hizo no será en vano en usted, si con fe lo reconoce como su Señor y Salvador.


*Mt.26:36-38; Lc.22:39-46, Is.53; Gá.3:13; 2Co.5:21






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