La verdadera felicidad


Todos los seres humanos queremos ser felices. La dicha, la paz, la satisfacción en la vida son deseos universales. Nadie se propone ser infeliz. Nadie busca vivir una vida de desdichas y frustraciones. Sin embargo la infelicidad y la insatisfacción en la vida es mucho mayor de lo que podemos imaginarnos.

Hay por lo menos dos consideraciones importantes que se debe recordar al buscar la felicidad: Para encontrarla hay que buscarla en el lugar correcto. No se encuentra verdadera felicidad “haciendo lo que uno quiere”. La felicidad no está en las cosas que uno obtiene. No se halla en algún hombre ó una mujer, ni en los hijos que se pueden tener. No es verdadera felicidad aquella que se pretende adquirir con dinero, títulos, fama ó placer. Cierto que por medio de ellas logramos satisfacer ciertas necesidades, disfrutar de momentos gratos, desarrollarnos, ó demostrar amor… pero no es verdadera felicidad.

Y es que mientras el mundo sea tal como lo conocemos, no habrá felicidad completa. Esa es la segunda consideración. Mientras vivamos en una naturaleza sujeta a enfermedades, accidentes, desastres y muertes, nadie podrá tener una felicidad absoluta. Mientras haya en este mundo personas con el deseo de hacer mal, herir, mentir y robar, no podemos hablar de verdadera dicha. Por lo tanto desear una felicidad plena y a prueba de todo, es una ilusión imposible de cumplir en esta vida.

Dios quiere nuestra felicidad. La felicidad, “la vida abundante” se encuentra al tener una relación personal con Jesucristo (no una iglesia, no una religión) y cualquiera puede vivirla desde ya, si pone su fe en él. Es sólo a través de él y en él, que confiando en sus palabras y obedeciendo sus enseñanzas que podemos vivir con paz en el alma y satisfacción en la vida. Por ello, la Biblia insta a dejar de buscar la felicidad en los lugares incorrectos para venir y hallarla en Dios.

La Biblia también nos insta a esperar el día en que Jesucristo volverá para “enderezar” a este mundo, acabar con la maldad y poder disfrutar de esa felicidad verdadera de manera completa, absoluta y eterna. Mientras tanto, nos será útil recordar las palabras de Jesús:

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.
“Dichosos los que sufren, porque ellos recibirán consolación”.
“Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra prometida”.
“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.
“Dichosos los compasivos, porque Dios tendrá compasión de ellos”.
“Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios”.
“Dichosos los pacificadores, porque Dios los llamará hijos suyos”.
“Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo, porque de ellos es el reino de los cielos”.
“Dichosos ustedes, cuando la gente los insulte y los maltrate, y cuando por causa mía los ataquen con toda clase de mentiras. Alégrense, estén contentos, porque van a recibir un gran premio en los cielos…”


La felicidad según Jesús es diametralmente opuesta a la que hemos aprendido de este mundo. Pero creo que muchos de los lectores estarán de acuerdo conmigo en que, si lo dice Jesús, será mejor aceptar su definición de felicidad y venir a él; para comprobar luego que, como siempre, él tenía razón.




Publicado el 6 de marzo del 2010

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