Para cuando asista a un funeral...

Que no se trate de un familiar cercano, de un ser querido, o el mejor amigo. Pero cuando tenga que ir a un funeral, tome en cuenta las palabras del sabio Salomón*: “Vale más ir a la casa de luto que a la casa de banquete; porque la muerte es el fin de todos los hombres, y los que viven debieran recordarlo siempre, guardándolo en su corazón.”

No hay momento más propicio para meditar acerca de nuestra propia vida que estando frente a la muerte. Todos sabemos que algún día moriremos, pero a pesar de ello, es común creer que ese día está muy lejano y pretendemos pasar los días como si los humanos fuésemos eternos. Pero frente a un cajón en el que reposa un cuerpo, en medio de personas que lloran la irreparable pérdida, la situación es otra. Es en ese momento que podemos ver la cruda realidad: No siempre estaremos aquí.

La presencia de la muerte nos ayuda a reflexionar con más claridad acerca de nuestra frágil existencia, comprobamos que el “seguro de vida” no existe, que nada material podremos llevarnos, ni el dinero acumulado, ni la casa, la moto, el automóvil, los títulos universitarios, todo se queda. Y podemos aprender que lo más valioso no son las cosas, sino las relaciones.

Vemos el dolor que se produce por la pérdida del ser querido y pensamos en nuestros seres queridos, aquellos que aún están vivos, que todavía están con nosotros: la pareja, los hijos, los padres, los abuelos, los nietos, los amigos… y comprendemos que todavía podemos disfrutar de su compañía. Nos damos cuenta que es una tontería perder el tiempo en discusiones, pleitos, o en otros asuntos como la televisión, el deporte, y el excesivo trabajo, en lugar de prestar más atención a quien está a nuestro lado para oírle, mirarle a los ojos, manifestarle nuestro aprecio y cariño, porque, quién sabe, dentro de unas horas quizás alguno de nosotros ya no esté aquí.

Hace una semana, Miguel, un joven de dieciséis años de nuestra iglesia falleció de manera repentina. En un momento estaba sentado entre las bancas de la reunión de jóvenes oyendo acerca de seguir a Jesús, y diez minutos después estábamos en la unidad de emergencia recibiendo la noticia que había fallecido. Demás está decir que fue una experiencia impactante para todos y una dolorosa prueba para su familia. Como suele suceder, su partida trajo muchas interrogantes y pocas respuestas... pero "la vida es así", (y en momentos así nos damos cuenta). Luego la tristeza quedó acompañada por la esperanza y el consuelo de saber que Miguel había decidido hace tiempo seguir a Jesucristo. Decidió tener con él su relación más importante, y a pesar de las luchas propias de la juventud puso su fe en él y perseveró. Jesús prometió: quien decide seguirle aquí, en esta vida, resucitará y seguirá con él por la eternidad*. Prepararse así para la muerte, evitará que la muerte sea el final.

No se trata que vivamos con ansiedad pensando en la muerte. Pero tampoco de pasar la vida negándola. Debe haber una sabia y sana apreciación de la misma, porque la muerte es el fin de todos, y los que vivimos debiéramos recordarlo siempre… Así valoraremos más las cosas espirituales y menos las materiales, apreciaremos más a nuestros seres queridos, aprovecharemos mejor el tiempo, haremos el bien y decidiremos seguir a Jesús, quien es la fuente de vida y por lo tanto nuestra relación más valiosa. Y nos esforzaremos en hacerlo, porque entendemos bien que el próximo funeral al cual asistiremos, podría ser el nuestro.

* Eclesiastés cap.7, vs.2 
Juan cap.10, vs.27,28


Publicado el 5 de marzo del 2011

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