Iglesias y Partidos Políticos: semejanzas y diferencias.

En una iglesia cristiana se sigue las enseñanzas de Jesucristo y se adoctrina según la Biblia.
En un partido político se sigue la ideología de sus fundadores y las propuestas de sus líderes.

En una iglesia hay pastores y líderes que  enseñan, predican, guían, cuidan y administran la congregación.
De igual manera en los partidos políticos. Hay secretarios, comisiones, líderes que disertan, adoctrinan,  arengan, y se organizan para cumplir con sus funciones.

En una iglesia cristiana hay símbolos religiosos: la cruz, la copa, el pan.
Los partidos políticos también tienen sus emblemas: un símbolo, un color, tradiciones (la estrella, los pañuelos blancos, el color naranja, y hasta un cuy).


En una iglesia se toca música para cantar y alabar a Dios. Algunos creyentes siguen el ritmo con las palmas, levantan las manos y expresan de diversas maneras su alegría.
En las campañas políticas vemos lo mismo: salen con banderolas, bailan, y cantan himnos y canciones alabando las bondades de su candidato y su partido (como la “marsellesa aprista”, el reciente “Tócame que soy realidad”, “Toledo lo hará”, o el recordado “Chino, chino, chino…”)

En una iglesia, los creyentes dan sus ofrendas y diezmos para financiar sus actividades.
El partido político también tiene que buscar fondos y pide contribuciones a grandes y pequeños para financiar los altos costos de la campaña electoral. En algunos casos los militantes también dan su diezmo.

En una iglesia los hermanos apoyan, sirven a Dios y a sus semejantes voluntariamente con su tiempo, sus fuerzas y talentos. 
En un partido político también trabajan. Hay quienes cocinan, hacen actividades, confeccionan banderolas, pintan paredes, se esfuerzan para hacer su campaña, etc.

Los creyentes comparten su fe a muchos, invitan, animan y convencen, pues quieren hacer más discípulos de Jesucristo. 
Los militantes de un partido hacen proselitismo, se esmeran por compartir sus convicciones; buscan más votos, intentan "comprarlos" ; discuten y hasta pelean por su candidato.

Los miembros de una iglesia se apasionan por su fe, por el mensaje de la Biblia y su Maestro Jesús.
Los militantes se apasionan por las promesas de su candidato, la ideología de su partido, o (desgraciadamente) por algún interés particular. Pero a diferencia de los “fujimoristas”, “humalistas”, “apristas” y demás “istas”, cuando la sociedad ve a los cristianos entusiasmarse por su fe y defender sus convicciones, se les ve con extrañeza y se les llama despectivamente “fanáticos”.

Y ¿Por qué? ¿Por qué se acepta de manera tan natural la devoción a un candidato y no se acepta de la misma manera la devoción de los creyentes a Jesucristo? ¿No debería ser al revés? Tanto fanatismo a un simple hombre: ¿no debería causar sorpresa?; en cambio, el “fanatismo” por Jesucristo, el Hijo de Dios: ¿no debería ser más fácil de aceptar? Aún más, siendo un país de tradición cristiana, conocedores que Jesús sí cumple con sus promesas y que sólo él ofrece un cambio interno, del corazón y la mente, que luego se traducirá en un cambio exterior, con hombres transformados que transforman la sociedad… ¿no debería haber más lealtad a él y su propuesta? Aún más, si consideramos que un partido político sólo propone y lucha por una mejora en la vida presente.

En cambio, el esfuerzo y el mensaje de los cristianos no sólo beneficia el presente, sino la eternidad. Ellos han decidido ser militantes de Jesucristo porque están convencidos que él regresará para gobernar el mundo y solucionar para siempre el problema de la humanidad. Mientras tanto, hacen campaña permanente invitando a todos a unirse a esta causa. Únase usted también.

Publicado el 26 de marzo del 2011

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