Pero la tumba estaba vacía

Esto fue un hecho. Sucedió. La tumba en la que fue colocado Jesús estaba vacía y ni las autoridades romanas, ni los enemigos de Jesús pudieron negarlo. Pero como ya habían decidido no creer en lo que Jesús afirmaba de sí mismo, entonces tuvieron que inventar una explicación a la desaparición del cuerpo. Así que sobornaron a los soldados para que dijeran*: “sus discípulos vinieron de noche, y mientras estábamos dormidos se robaron el cuerpo”… con lo que para el informe de oficio fue suficiente, pero no para la mente que con sentido común busca la verdad.

“...sus discípulos vinieron de noche” ¿Quiénes? ¿Pedro?, ¿el mismo que negó tres veces conocer a Jesús?. ¿Habrán sido sus demás discípulos...? Todos estaban con miedo, huyeron, y otros sólo de lejos miraron los sucesos. No, es imposible imaginar que judíos miedosos, entre ellos pescadores y cobradores de impuestos, siquiera pensaran en la posibilidad de enfrentar en armas a experimentados soldados romanos que custodiaban la tumba.


“...mientras estábamos dormidos…” ¿quiénes? ¿Los disciplinados soldados romanos?, ¿todos dormidos en plena guardia? No. Es inconcebible. Todo soldado romano sabía del severo castigo que recibiría si se le encontraba dormido en su puesto de vigilancia, y menos podemos imaginar que toda una guardia se quedara durmiendo. Por eso, a parte del soborno que se les dio a los soldados para denunciar “el robo”, recibieron también la promesa de los principales sacerdotes judíos: “si lo oyere el gobernador, lo persuadiremos para ponerlos a salvo”.

“...se robaron el cuerpo” ¿Cómo? Aun suponiendo que los discípulos tuviesen la valentía para intentarlo, ¿cómo hicieron para no hacer ruido? El sepulcro en el que fue colocado Jesús estaba sellado con una enorme piedra. Imposible moverla sin que el ruido despertara a los soldados.

Pero aún haciendo el esfuerzo por creer que efectivamente los discípulos se llevaron el cuerpo… ¿para que quisieran tenerlo?, ¿a dónde lo llevarían?, ¿a enterrarlo en otro lugar? Quizás, las mentes mal pensadas dirían que escondiendo el cuerpo podrían mentir a los judíos (y al mundo entero) diciendo que Jesús está vivo, que resucitó, y que por lo tanto todo lo que él dijo de sí mismo era verdad, que era el Hijo de Dios… y aún más: ellos no eran cualquier grupo de discípulos, seguidores de cualquier maestro, sino que eran los elegidos del poderoso Mesías, del Cristo esperado por siglos.

Sin embargo, la sola idea del robo del cuerpo y la falsa resurrección de Cristo, queda en ridículo al conocer la historia bíblica y extra-bíblica. Esos mismos discípulos fueron los que sufrieron décadas de persecución religiosa, fueron azotados, encarcelados y todos, excepto uno fueron condenados a la muerte por persistir e insistir predicando por todos lados:“¡Jesús de Nazaret está vivo! ¡Lo hemos visto! ¡Él ha resucitado!* porque como Pedro y Juan lo dijeron con simples palabras*: “es que no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. De todos los discípulos sólo Juan no fue martirizado sino que murió anciano deportado en la isla de Patmos. Y todo porqué… ¿por una mentira? ¡Imposible! Ellos tuvieron el valor para declararlo entregando sus vidas porque estaban absolutamente convencidos de lo que vieron. No hay otra explicación.

El cristianismo nació con esa declaración. Se basa en el hecho de la resurrección de Jesús el Cristo. Y cualquiera, al constatar el desarrollo de la iglesia cristiana en el siglo I, puede tener una prueba de la veracidad del testimonio de los primeros discípulos. Porque el testimonio lo firmaron con su propia sangre. Por eso son mártires.

La tumba estaba vacía. Entonces, si Jesús resucitó, no fue un simple buen hombre, un profeta ó un gran maestro. El resucitó porque verdaderamente es el Hijo de Dios. Nuestra fe tiene fundamento. No seguimos un mito. Podemos seguirle también.

* Mateo cap28:11-15; Hechos 2:32,36; y 4:9,10,20-22


Publicado el 25 de abril del 2011

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